Ella parece no poder quedarse quieta, y se desvive en un sinfin de gestos y ademanes. Dice que no se vive de silencios, que no se puede andar por la vida callando cosas, atragantándose con palabras, que todo eso que uno no dice se termina echando a perder adentro de uno. Y se enoja. Se desespera y eleva el tono de voz cada vez más, como queriendo asegurarse que el silencio jamás irá a la par suya.
El la mira, y sigue sin emitir sonido alguno. La sigue con la mirada a cada paso, registra cada gesto suyo. Ella jura no comprender a aquel que calla, porque si uno calla las ideas no se transmiten, y uno no logra ser comprendido y es así como se pierde todo. Y detrás de cada una de sus palabras nace otra, inmediatamente, sin dejando lugar para respirar siquiera.
Justo ahí, él logra lo imposible: la hace callar.
La historia dirá después que el discurso más fervoroso en contra del silencioso fue exitósamente silenciado.
Lo callaron con un beso.
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